Por Luis Miguel Castilla

En el Perú se ha extendido una narrativa peligrosa: que la minería informal —en especial la que tiende a ser de pequeña escala— genera más desarrollo económico y social que la minería formal. El argumento es seductor: empleo inmediato, ingresos que “se quedan en la zona” y menor presencia de grandes empresas. Sin embargo, cuando se revisan los datos, esta idea se desmorona. La evidencia empírica muestra que la minería informal no solo no impulsa el desarrollo territorial, sino que puede convertirse en un factor de estancamiento.

Qué dicen los datos: evidencia a nivel distrital

Un reciente estudio de Videnza Instituto analizó el desempeño de 1,891 distritos del país, clasificándolos según el tipo de actividad minera predominante: formal, informal, coexistente o inexistente. El enfoque fue econométrico, incorporando variables como presencia de REINFO, producción minera declarada, canon devengado y condiciones socioeconómicas estructurales. El resultado es claro: en 2024, los distritos donde predomina la minería informal —o donde esta coexiste con la formal— presentan niveles de Índice de Desarrollo Humano (IDH) inferiores a los distritos con minería formal e incluso a aquellos sin actividad minera.

La informalidad no se traduce en bienestar

Este hallazgo desmonta el mito central de la minería informal como motor de bienestar. Si la informalidad generara desarrollo sostenible, debería reflejarse en mejores indicadores de salud, educación e ingresos. Ocurre lo contrario. Las regresiones muestran que los distritos de coexistencia, donde la informalidad ha ganado espacio en los últimos años, registran una desventaja significativa en IDH respecto a los distritos no mineros, una brecha que no existía en 2019 y que se amplió tras la pandemia.

Informalidad extrema y deterioro del desarrollo local

¿Por qué sucede esto? Porque la minería informal no crea los canales necesarios para transformar actividad económica en desarrollo colectivo. Al operar fuera de la regulación, no genera canon, no fortalece la recaudación local ni contribuye a financiar servicios públicos. Peor aún, en los distritos con alta presencia de REINFO, pero sin producción declarada —un indicio claro de minería ilegal—, los niveles de desarrollo son aún más bajos, lo que sugiere que la informalidad extrema profundiza la precariedad en lugar de aliviarla.

Coexistencia minera y debilitamiento institucional

Además, la coexistencia entre minería formal e informal debilita la gobernanza territorial. La competencia por recursos, los conflictos socioambientales y la limitada capacidad de fiscalización del Estado erosionan la efectividad de la inversión pública. En lugar de sinergias, se generan distorsiones que frenan el progreso.

Un riesgo persistente para el desarrollo sostenible

Persistir en la idea de que la minería informal trae más desarrollo que la formal no es solo un error conceptual: es una apuesta riesgosa para el país. La evidencia es clara. Sin institucionalidad, sin formalización y sin reglas, no hay desarrollo sostenible, solo economías locales atrapadas en ciclos de baja productividad y altos costos sociales.

Conoce más en el informe de Videnza Instituto, publicado en Gestión: