Por Luis Miguel Castilla
Una vez más, en el Perú vuelve a asomar una nueva crisis política sin un desenlace claro, estando a semanas de las elecciones generales. La novedad no es el escándalo ni la disputa congresal: la verdadera noticia —paradójicamente— es que la economía sigue avanzando como si ocurriera en una realidad paralela. Las expectativas empresariales se mantienen en terreno optimista y, pese al ruido, la inversión privada crece con dinamismo. Para muchos, esto confirma la vieja teoría de las “cuerdas separadas”: política inestable, economía resistente.
Anclas macroeconómicas y aprendizaje frente a la incertidumbre
El país conserva anclas macroeconómicas que han sobrevivido a presidentes de paso, gabinetes fugaces y una elevada rotación de autoridades que en cualquier otro lugar habría provocado una recesión prolongada. El Banco Central de Reserva sigue siendo creíble, las expectativas de inflación permanecen controladas y el sector privado —sobre todo el no minero— se mueve con una mezcla de pragmatismo y memoria histórica: ya aprendió a operar bajo incertidumbre. Dicho de otra manera, empresarios y consumidores parecen haber “internalizado” que la política genera sobresaltos, pero no necesariamente cambia las reglas básicas del juego cada semana.
Por qué la crisis política no impacta de inmediato en el crecimiento
En ese marco, es probable que la actual crisis política no golpee de inmediato el crecimiento. Incluso una censura congresal, si ocurre dentro de un marco predecible y sin una escalada institucional, podría tener un efecto económico acotado. Los mercados no se asustan tanto por el conflicto en sí, sino por la posibilidad de que el conflicto rompa la continuidad mínima del Estado: pagos, contratos, permisos, seguridad y gestión. Mientras ese umbral no se cruce, el motor privado seguirá funcionando, aunque con el freno de mano parcialmente puesto.
Los costos acumulados del deterioro institucional
No obstante, asumir que esta resiliencia es infinita sería un error. La economía peruana ha resistido gracias a que las crisis políticas han sido, en muchos casos, “ruido” antes que “rupturas”: escándalos sin reformas estructurales dañinas; cambios sin un giro radical del marco monetario y fiscal. Pero la repetición constante del deterioro institucional tiene efectos perniciosos. Cada episodio erosiona un poco más la confianza ciudadana, la legitimidad de las autoridades y la capacidad del Estado de ejecutar, fiscalizar y gobernar.
Cuando las cuerdas vuelven a juntarse: el riesgo económico de fondo
El riesgo no es solo macroeconómico, es institucional: un país puede crecer con una presidencia debilitada, pero difícilmente puede sostener inversiones de largo plazo con una figura presidencial permanentemente cuestionada. La inversión, al final, depende de expectativas, seguridad jurídica y estabilidad social. Hoy las cuerdas siguen separadas. Pero si el Perú no reconstruye una autoridad presidencial creíble y no restablece confianza —en ciudadanos y agentes económicos—, mañana esas cuerdas volverán a juntarse. Y cuando eso pase, el costo ya no será solo político, será económico.