Por Luis Miguel Castilla
El Consenso de Londres surge del trabajo académico y de política pública desarrollado en la London School of Economics a partir del libro The London Consensus: Economic Principles for the 21st Century (2025), como una respuesta pragmática a las limitaciones del Consenso de Washington frente a los desafíos actuales. Si el Perú decide mirarse a sí mismo a la luz de estos principios, la primera conclusión es incómoda pero necesaria: el país no fracasó por hacer “demasiado mercado”, sino por creer que el mercado, por sí solo, resolvería problemas estructurales que nunca estuvo diseñado para enfrentar. Ahí es donde el Consenso de Washington quedó corto, y donde hoy se abre una oportunidad distinta.
Los logros iniciales y los límites del modelo aplicado en el Perú
Durante décadas, el Perú aplicó con disciplina buena parte de la receta washingtoniana: estabilidad macroeconómica, apertura comercial, disciplina fiscal y un Estado reducido. Los resultados iniciales fueron claros: inflación controlada, crecimiento acelerado y reducción significativa de la pobreza. Pero con el tiempo aparecieron los límites. La productividad dejó de crecer, la informalidad se volvió crónica y el Estado quedó debilitado precisamente en las funciones que más importan para el desarrollo: provisión de bienes públicos, regulación efectiva y capacidad de ejecución.
Estabilidad macroeconómica: condición necesaria, pero insuficiente
El Consenso de Londres no propone abandonar el mercado ni la estabilidad, sino corregir la idea de que menos Estado es siempre mejor Estado. Para un país como el Perú, esto implica aceptar que la macroeconomía ordenada es una condición necesaria, pero no suficiente. La evidencia muestra que, sin políticas activas para elevar la productividad, coordinar inversiones y proteger a quienes quedan rezagados, el crecimiento pierde tracción y legitimidad social.
Informalidad y debilidad estatal como síntomas estructurales
Aplicar estos conceptos obliga a replantear prioridades. La informalidad peruana no es solo un problema laboral, sino el síntoma de un modelo que no genera suficientes “buenos empleos”. La baja calidad de los servicios públicos no se explica por falta de recursos, sino por un Estado que se retiró del diseño y la ejecución (que, la verdad, nunca cumplió a cabalidad), confiando en que el mercado o la inercia harían el resto. El resultado ha sido una economía estable, pero fragmentada, y una sociedad crecientemente desconfiada.
Un Estado estratégico para crecer mejor, no para intervenir más
El desafío no es cuánto interviene el Estado, sino cómo y para qué. Un Estado capaz de invertir bien, regular con criterio, apoyar la transición productiva y amortiguar shocks no es un enemigo del crecimiento, sino su principal aliado. El Perú ya hizo la parte difícil: construir estabilidad. Ahora toca la parte más exigente políticamente: usar esa estabilidad para transformar la estructura productiva, fortalecer capacidades públicas y devolverle sentido al crecimiento. Si aprende de los límites del Consenso de Washington y adopta con pragmatismo las lecciones del Consenso de Londres, el país no solo puede crecer más, sino crecer mejor. Y ese es, en última instancia, el verdadero desarrollo.
Conoce más en su columna publicada en El Comercio:
