Por Luis Miguel Castilla
Los datos del primer trimestre de 2026 describen una realidad que el próximo gobierno no puede eludir: el 84.8 % de los jóvenes peruanos trabaja en condiciones informales, frente al 69.8 % del promedio nacional. Su tasa de desempleo casi duplica la del conjunto (9.6 % contra 5.1 %) y más de la mitad está subempleada. Detrás de esas cifras hay 2.6 millones de jóvenes de entre 14 y 24 años que ya integran la población ocupada, en su mayoría en empleos de baja productividad y sin la protección que ofrece la formalidad.
La IA y el riesgo de acortar la entrada al empleo formal
A esa fragilidad estructural se suma ahora la inteligencia artificial. La IA no eliminará empleos de manera masiva, pero transformará justamente las tareas de entrada, tales como redacción, soporte administrativo y análisis básico, que durante décadas fueron el primer peldaño hacia el empleo formal. En economías avanzadas, la contratación de trabajadores jóvenes, de 22 a 25 años, ya cayó alrededor de 13% en los últimos años. Cuando esa escalera se acorta, el costo lo pagan quienes recién se asoman al mercado.
Una transición tecnológica limitada por brechas educativas y digitales
El problema de fondo no es tecnológico, sino de política pública. El Perú afronta esta transición con un sistema educativo que apenas lleva al 8% de sus estudiantes de quinto de secundaria a un nivel satisfactorio en ciencia y tecnología, con un régimen laboral pensado para otra época y con brechas digitales severas: en doce regiones, menos de la mitad de los hogares tiene acceso a internet. Sin corregir esas condiciones, la promesa de mayor productividad de la IA se concentrará en una minoría y profundizará la exclusión.
Reconversión laboral y modernización del régimen laboral
Por eso, el llamado al gobierno entrante y al Congreso es preciso y urgente. Primero, una agenda de reconversión y formación que vincule de verdad la escuela con el empleo: educación dual, certificación de competencias y habilidades digitales transversales. Segundo, una modernización del régimen laboral que reduzca rigideces, abarate la formalidad y premie la contratación de jóvenes, con mejores sistemas de intermediación e información clara sobre la demanda de habilidades del mercado.
Convertir la IA en una palanca de inclusión
Ambos giros deben ser simultáneos. De nada sirve formar talento si el marco normativo lo expulsa hacia la informalidad, ni flexibilizar la contratación si los jóvenes carecen de las competencias que el nuevo mercado exige. La decisión es esencialmente política y la ventana es muy estrecha: o convertimos la IA en una palanca de inclusión, o dejamos que termine de quebrar la escalera por la que los jóvenes acceden a un futuro formal.
Lee aquí el informe de Videnza Instituto publicado en Gestión:
