Por Luis Miguel Castilla

Los resultados de la primera vuelta aún no están resueltos y los márgenes siguen siendo extremadamente estrechos. Sin embargo, acá va una serie de reflexiones sobre el momento que estamos viviendo, que podría cambiar totalmente en función de quién pase a segunda vuelta y que miran más allá del 28 de julio.

La estabilidad económica no resistirá indefinidamente la fractura política

Nuestra resiliencia económica no es infinita. Hemos logrado por años algo inusual en la región: crecer y mantener estabilidad macroeconómica a pesar de una política disfuncional e inestable. Si los resultados confirman un nuevo ciclo de polarización extrema, tratarlo como una condición permanente y no hacer nada para encarar las divisiones que nos polarizan sería el error más costoso que podría cometer nuevamente la clase política.

Una segunda vuelta polarizada pondría a prueba la solidez institucional

De confirmarse una segunda vuelta Fujimori-Sánchez, sería una dura prueba de estrés institucional. Nuevamente enfrentaríamos una situación similar a la que vivimos hace 5 años. Un eventual gobierno de Sánchez representaría nuevamente un riesgo real de ruptura. Keiko ofrecería continuidad del modelo económico, pero es obvio que tenemos otros problemas estructurales que no están siendo atendidos. Ciertamente, algo similar le ocurriría a Rafael López Aliaga si hubiese tenido que enfrentarse a Sánchez.

El Senado puede contener los extremos, pero no resolver los problemas de fondo

⁠Al margen de lo que suceda en la segunda vuelta, el Senado actuará como una muralla efectiva para detener iniciativas que pretendan patear el tablero. Una “convergencia de voluntades de la derecha y el centro” en el Senado tendría capacidad para contener los impulsos más disruptivos de un Ejecutivo radical, de ser el caso. Sin embargo, urge encarar los problemas estructurales que arrastramos hace años y que hacen que las promesas disruptivas sean atractivas para muchos electores. Es clave reconocer que la contención que provenga del Senado no sustituye el liderazgo urgente que necesitamos para comenzar a resolver los problemas del país.

El contexto internacional exige estabilidad y capacidad de respuesta

El mundo se está complicando y podría ser menos benigno. Los precios del cobre y el oro se encuentran en niveles históricamente altos. Pero esa ventana se puede cerrar intempestivamente y no esperará a que la política nacional se estabilice. Cada ciclo electoral consumido en crisis de legitimidad representa una oportunidad perdida. No podemos bajar la guardia.

Sin legitimidad de origen, la gobernabilidad nacerá debilitada

⁠Sin perjuicio de quién pase a segunda vuelta y quién termine gobernando, es claro que, sin legitimidad, la gobernabilidad será frágil desde el primer día del nuevo gobierno. El desmanejo electoral de la primera vuelta y la desconfianza generalizada respecto a las autoridades electorales (que en realidad se extiende a la mayoría de las instituciones públicas, con honrosas excepciones) harán que el próximo gobierno se estrene lidiando con un país convulsionado y corramos el riesgo de que se perpetúe el caos en el que vivimos. El Perú no necesita un milagro, sino una elección que todos aceptemos para salir del entrampamiento en el que estamos.

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