Por Luis Miguel Castilla
El crecimiento de la inversión privada a tasas de dos dígitos, a pocos meses de las elecciones, parece confirmar que la economía peruana sigue su propio curso, ajena al desorden político y a la tradicional incertidumbre preelectoral. Sin embargo, esta lectura optimista requiere matices. Si bien el entorno internacional —marcado por altos precios de las materias primas— ha permitido que la economía avance pese al ruido político, el auge del populismo y la progresiva degradación de la tecnocracia amenazan con convertir esta aparente autonomía en un fenómeno transitorio.
Un proceso electoral marcado por el avance del populismo
El proceso electoral en marcha no solo estará dominado por la fragmentación y la debilidad de los partidos, sino también por discursos abiertamente populistas. Promesas fiscales inviables, cuestionamientos a la inversión privada y una narrativa de confrontación con el “modelo económico” se han vuelto moneda corriente. Aunque hoy estas propuestas no logran frenar la inversión, sí están erosionando un activo clave: la credibilidad técnica del Estado.
La erosión de la tecnocracia como riesgo estructural
Durante décadas, uno de los pocos consensos transversales del Perú fue la existencia de una tecnocracia relativamente sólida, capaz de preservar la estabilidad macroeconómica incluso en contextos políticos adversos. Hoy, ese consenso se debilita. La politización de organismos técnicos, el desprecio por la evidencia y la normalización de decisiones improvisadas están minando la capacidad del Estado para actuar como ancla de confianza en el largo plazo.
La economía sostenida por factores externos, no por la política
La paradoja actual es clara. La economía crece no por la fortaleza de nuestras instituciones políticas, sino porque el ciclo global de commodities actúa como amortiguador. Este contexto permite que la brecha entre lo político y lo económico se amplíe: mientras la política se inclina hacia el populismo, la economía se sostiene gracias a factores externos. Pero esta brecha no es neutra. Cuanto más se degrada la tecnocracia, más frágil se vuelve el marco que permite que la inversión ignore —por ahora— el riesgo político.
El impacto acumulativo del populismo sobre la capacidad del Estado
El populismo electoral tiene un efecto corrosivo que no siempre se refleja de inmediato en los indicadores económicos. Su impacto es acumulativo. Cada elección dominada por ofertas irreales y ataques a la institucionalidad reduce el margen de maniobra futuro. Cuando los precios de las materias primas bajen o el contexto externo deje de ser favorable, el Perú enfrentará ese ajuste con un Estado más débil y con menor capacidad técnica para responder.
Un crecimiento que no garantiza sostenibilidad futura
Así, la teoría de las cuerdas separadas sigue explicando el presente, pero no garantiza el futuro. El crecimiento actual convive con una política que se aleja de la racionalidad técnica. La pregunta no es si la economía puede seguir avanzando pese al populismo, sino cuánto tiempo más podrá hacerlo antes de que la degradación política termine por alcanzarla.
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