Por Luis Miguel Castilla
Estamos ante una dramática realidad: los números no mienten. Uno de los periodos de mayor discontinuidad en la administración pública. En apenas 495 días, el gobierno de Pedro Castillo nombró a 78 ministros; el del Interior tuvo siete titulares, igual que Agricultura, y Transportes, seis. En los últimos cinco años, un ministro del Interior duró en promedio 3.3 meses, y el Congreso presentó 100 mociones de interpelación, frente a las 43 del quinquenio 2011-2016. Detrás de cada cifra hay una verdad incómoda: el Estado peruano dejó de funcionar al ritmo que sus ciudadanos necesitan.
Rotación de autoridades y deterioro institucional
La rotación permanente de autoridades no es un dato anecdótico de la crónica política. Es la causa directa del deterioro institucional que hoy padecemos. Ningún equipo técnico puede sostener una política pública si cambia cada pocos meses; ninguna estrategia de seguridad, de competitividad o de inversión social sobrevive a un liderazgo que se renueva antes de aprender el cargo. La inestabilidad en la cúspide se filtra hacia abajo, paraliza a los funcionarios, premia la inacción y castiga la iniciativa. El resultado lo vive la gente todos los días: postas sin medicinas, obras detenidas, trámites eternos, servicios básicos que llegan tarde o no llegan.
Reconstruir la administración pública como prioridad
Recuperar la administración pública es, por eso, la condición indispensable para enfrentar nuestros problemas más urgentes —inseguridad, estancamiento económico, brechas sociales—. No basta con reducir la rotación; hay que profesionalizar la designación de funcionarios, blindar el perfil técnico de las decisiones y reconstruir una relación responsable entre Ejecutivo y Congreso. Sin esa base, ninguna agenda de gobierno será viable, y la promesa de una sociedad cohesionada seguirá siendo un discurso vacío.
Elegir una forma de gobernar
Este domingo no elegimos solo un nombre, sino una forma de gobernar. Conviene mirar más allá de la consigna y preguntarse cuál de las opciones ofrece un equipo técnico capaz, estable y con vocación de continuidad, y cuál improvisará con cada crisis. La diferencia entre ambas no es ideológica: es la diferencia entre un Estado que atiende y uno que abandona. Votemos con responsabilidad. El país que recibimos exige reconstruir, no seguir desmantelando.
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